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Igraín la valiente

Cornelia nos habla de uno de sus libros favoritos de entre todos los que ha escrito

Cuando comencé a escribir Igraine Ohnefurcht, acababa de terminar mi primer libro de los laaaargos: El jinete del dragón, así que Igraín estaba planeado que no tendría más de 60 páginas. No sería más que un descanso tras el esfuerzo de El jinete del dragón, poco más que un proyecto lúdico. Se trataba de una especie de declaración de amor a ese libro que yo me llevaría a una isla desierta.

Camelot es para mí, hasta hoy, la mejor novela de fantasía jamás escrita y la mejor de las historias en torno al mito del rey Arturo que yo conozco.


Así que, inspirada por el azucarero viviente de Merlín, comencé a contar de libros que habían cobrado vida en Bibernell, de la niña que preferiría ser caballero andante a princesa (yo creo que también preferiría lo mismo, ¡o mejor, las dos cosas al mismo tiempo!)... y de las 60 páginas programadas inicialmente, surgieron más de 200. Dibujé las más bonitas de mis ilustraciones (creo que no hasta Reckless he vuelto a dibujar así) y mi marido y yo formateamos el libro entero repartiendo ratoncillos a lo largo de todas las páginas. Nunca trabajé tanto y con tato detalle como en ese libro.

Igraín la valiente es secretamente uno de mis libros favoritos de entre todos los que he escrito hasta ahora. Pensé muchas veces en escribir una segunda parte... me encanta el caballero triste, quien no existiría sin el Lancelot de T.H.White, que piensa que tiene que ser una mala persona porque es muy feo. En Bamberg hubo una maravillosa representación teatral de esta historia y he presenciado otras puestas en escena fantásticas: una de ellas con caballos reales y un tobogán por el que se tiraban los libros. Inolvidable.


En fin, dependiendo del día, me gustaría ser Igraín o el caballero triste. O me gustaría tener un gigante como Gawain, que me levanta por los aires y me lleva en brazos por ahí.
Y espero, de verdad, que alguna vez leáis Camelot y lo améis tanto como yo, porque cuenta con todos los ingredientes de una buena historia. Infinitamente graciosa, infinitamente triste y muy sabia.
 

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