X

Rafael Díaz Basallo

Por culpa de esa botella

Imprimir cuento

Por culpa de esa botella

Por culpa de esa botella

 

         Esta historia comienza cuando yo era aún un joven guapo y fuerte. En esos días había cumplido mi sueño de trabajar en el mar: había estado trabajando honradamente con un pescador, arreglando sus viejas redes y manteniendo su barca. Aunque también entrenaba el bello arte del hurto que tanto me había fascinado de niño.

Cuando reuní la experiencia suficiente, decidí embarcar con un pirata anciano que disponía de una goleta de cuatro palos. Pero, ¡qué hombre! Durante su vida había hundido a cientos de barcos y me enseñó todo lo que sabía sobre los secretos del mar, pero en ese momento estaba enfermo, por lo que, a solas en su camarote, le hice firmar un documento en el que me nombraba el dueño absoluto de todas sus posesiones, incluyendo el veloz barco. Después, lo rematé por si acaso. 

Y así estaba yo, viviendo de la piratería en mi nuevo barco, bautizado como Argos, cuando todo cambió.

-¡Buenos días, mi capitán! –saludó cortésmente aquel marinero de asqueroso aliento mientras salía de mi camarote- ¿Adónde nos dirigimos hoy?

-No sé –respondí yo-. Hoy me apetece vivir una aventura. ¿A dónde te gustaría ir a ti? –añadí dándole unas palmadas en el hombro.

-Hummm… ¡ya sé! –exclamó orgulloso mientras yo me limpiaba la mano que había tocado la chaqueta grasienta del marinero- Podríamos ir a aquella islita que descubrimos el otro día. Tal vez allí encontremos algún tesoro oculto.

-¡Muy bien! –le felicité evitando tocarle de nuevo- ¡Pongámonos en marcha!

 ¡Qué felicidad! Nunca pensé que siendo pirata podría tener una vida tan maravillosa. Bueno, salvo algunos detalles, como la higiene de mis bucaneros, todo es fantástico. Aunque tal vez se deba a que vengo de una de las familias más ricas e influyentes de mi país. ¡Oh, mi bella patria que tanto he amado y añorado! Aunque, ¡vaya!, nunca pensé que olvidaría tan rápido sus atardeceres desde el porche de casa, sus interminables calles pavimentadas y el olor del césped húmedo por las mañanas. Todo eso lo he sustituido por el mar, esta gran superficie infinita de agua salada que me ha robado el corazón.

 Pensando esto, mi navío llegó a la isla y, tras echar el ancla, se lanzaron los botes al agua. En unos pocos minutos llegamos a la diminuta playa de arena gris. Aparte de algunas huellas de tortuga, no se veía ninguna alteración en la naturaleza salvaje de esa roca. Estuvimos caminando unos cinco minutos para llegar a la base del volcán extinto. Una vez allí, cada uno nos pusimos a explorar por nuestra cuenta: el contramaestre estaba en la playa con la mayor parte de la tripulación, ya que estaban seguros de que encontrarían un tesoro enterrado, el resto subía el volcán por si hallaban algo en el cráter, y yo me fui al otro lado del islote, donde las olas rompían contra las rocas que una vez fueron de lava hirviente.

¡Vaya, qué bonito está el mar desde aquí! Me parece imposible que haya personas que le tengan pánico a este espejo misterioso y profundo. Y pensar que si no me hubiera escapado de casa hace tantos años, jamás habría visto tantas maravillas. Aunque pasé mucha hambre los primeros días, ¡pero eso es culpa de mis padres!, ¿porqué tuvieron que cerrar con llave la despensa? ¡Por culpa de ese candado casi muero de hambre!

Estaba tan enfrascado en mis pensamientos que no me di cuenta de que un objeto, arrastrado por las olas, había llegado hasta mis pies. Cuando me fijé más en el objeto pude ver que se trataba de una botella de cristal, aunque antaño transparente, ahora estaba oscuro y opaco. A pesar de la antigüedad del objeto, aún conservaba el corcho.

En seguida pensé que podría contener algún vino añejo o un buen ron perdido en un naufragio, por lo que decidí abrirla. Cuando logré descorchar la botella, escapó de la estrecha boca de vidrio un hilillo de humo azul, que me condujo a pensar que era una bomba casera, por lo que me apresuré a lanzarla al agua. Sin embargo, siguió expandiéndose el gas azulado hasta formar una nubecilla de este color

-Hola –habló la nube que tomaba la forma de una personita-, ¿cómo estás?

-Hola –logré decir-. ¿Quién eres?

-Soy el genio de esa botella –dijo mirado hacia donde se hundía el recipiente-. ¿Es que nunca has visto ninguno?

-Entonces, ¿concedes deseos? –pregunté observando asombrado al extraño personaje que flotaba delante mía.

-¡No!, por supuesto que no. ¿Qué te has creído que soy?, ¿uno de esos antiguos genios de la lámpara? No, no soy nada parecido a esos esclavos engreídos, ¿acaso te he preguntado yo “¿qué desea?, mi amo”? ¡No!

-¿Entonces, qué quieres? –pregunté, perdiendo la paciencia.

-Tranquilo… yo no me separaré de tu lado hasta ayudarte a ser mejor…

-Pirata –continué aburrido.

-Ah, pirata, ¡qué emocionante!, ¿no?

-Sí…

-¡Espadas, abordajes, botines, barcos…! Todo eso dará muchos problemas, pero no te preocupes, como ya te he dicho, puedo ayudarte a mejorar como filibustero. ¿No te he contado que ya ayudé a uno hace muchos años?, ¿cómo se llamaba? Era algo así como Roberto o algún nombre parecido.

-¡Robert! –exclamé, porque ya sabía a qué hombre fracasado se refería

-¡Sí eso! Era un tipo majo, pero a los tres días me vi metido en esta botella.

-Y, ¿no hay alguna manera de que no tengas que ayudarme?

-No, que yo sepa no. Aunque alguna debe de haber, porque aún no había terminado con aquel pirata y, sin embargo, me fui –se quedó un rato pensativo y después continuó hablando-. Pero, él no es importante ahora, sino tú. Por ello, te daré una serie de instrucciones que debes seguir para que esto funcione: para empezar…

Me empecé a alejar porque ya atardecía, pero el genio me seguía.

¡Qué pesado!, ni siquiera en las clases a las que asistía antes de escapar de ni casa me aburría tanto. ¿Jamás se callará este ser del averno? ¿Qué le he hecho yo? Si no se va pronto, perderé la cabeza. Pero, ¿cómo puedo deshacerme de él?, seguro que no puedo matarlo así como a un simple mortal. Aunque, no  pierdo nada por intentarlo.

En ese momento, me extraje la pistola de la chaqueta y disparé a la figura que me seguía. Sin embargo, el proyectil atravesó el cuerpo como si no fuese sólido y se estrelló en un árbol que había detrás.

El geniecillo continuó hablando diciendo no sé qué de que si se iba y me dejaba ahí tirado sin ayuda, pero como después seguía con su cháchara aburrida, me concentré de nuevo en mis pensamientos:

También podría venderlo a muy buen precio a cualquier crío caprichoso del puerto. ¡Rayos y truenos!, si no hubiera salido por la ventana de mi cuarto aquella noche yo sería uno de esos  horribles mocosos ricachones que pasean con sus padres mirando a los atareados marineros como para darles envidia, ¡como si nosotros pudiéramos querer esa espantosa vida viviendo sin libertad en una casa impecable! Pero, ¿a qué precio podría venderlo? Tal vez sería demasiado caro, pero si lograse que se callara… oh, vaya, con lo que habla y no sé todavía cómo se llama.

-¡Oye!, ¿Cuál es tu nombre? –pregunté interrumpiendo una de sus interminables frases, aunque pareció no importarle mucho, porque sonrió y me respondió en seguida.

-Mi nombre es Dilan, que significa leal como un leónen el idioma celta –después, se borró de su cara esa perfecta sonrisa que tanto me molestaba y continuó con su aburrida palabrería-. Como te estaba diciendo, tener un genio como yo no es tan difícil, porque tan solo me puedes ver y oír tú, por lo que nadie podrá tener envida y tratar de robarme…

-Ya, como que alguien te quisiera poseer.

-¿Qué dices?

-Nada, nada… -disimulé.

Por suerte ya habíamos llegado a la playa. Aunque ninguno de mis marinos había encontrado algo de valor, me fui feliz a la cama porque pensé que al despertar, ese genio se habría ido, pero por la mañana, fue su cara lo primero que vi.

 Durante los días siguientes, el ser volador me estuvo siguiendo a todas partes. En seguida probé lo que había dicho respecto a que solo yo le percibía, por lo que pensé que, tal vez, me podría realmente ayudar.

-Buenos días, mi capitán –saludó el mismo pesado de todas las mañanas. ¿Es que acaso no dormía y me esperaba tras mi puerta? Más le valía, en vez de quedarse ahí plantado para echarme el aliento en la cara, irse a bañar con mucho jabón, que ya le hace falta…-. ¿Qué aventura viviremos hoy?

–Qué original… ¿No sabe decir nada más? Aunque bueno, ya que lo pregunta… lo cierto es que no me apetece hacer nada. Hoy nada de aventuras, ¡día libre muchachos! –añadí gritando al resto de la tripulación.

Mi único hobby era la pesca, ya que siempre he adorado el sabor salado del pescado. Seguramente esto se debe a que fue lo primero que comí cuando escapé de mi hogar. Por eso, cogí mi caña y, tras lanzarla al mar, esperé en silencio. Aunque esto no duró mucho, pues en seguida Dilan empezó a hablar:

-Mira, ahora te podría ayudar –dijo mirando un punto concreto del horizonte-, porque puedo atraer monstruos para que luches contra ellos y tus grandes hazañas sean recordadas durante siglos.

-Ya, ya… -dije, pasando de él, pues en ese momento me apetecía estar tranquilo. Sin embargo, el geniecillo actuó.

-¡Listo!, ya tienes a tu monstruo –me miró sonriente, como esperando que le felicitara por… ¿qué?, ¿qué había hecho? ¡Ah, ya lo veo!, pero si eso es… ¡sí, lo es!, ¡un calamar!

-¡Ja!, ¿esa es toda tu magia tanpoderosa? Lo más monstruoso que me has traído es un calamar.

-Tienes razón –me dijo con una cara seria por la que me tuve que contener una carcajada-, esto no es un adversario digno de un pirata de verdad. Pero no te preocupes, que yo lo soluciono en seguida.

A continuación, hizo un gesto con las manos tras el que pude oír un gran estruendo proveniente del agua. Al mirar, casi me desmayo del susto, porque el molusco había crecido hasta medir unos 40 metros de largo. Y, como el legendario kraken, embistió contra mi barco.

-¡Qué has hecho, cerebro de gaviota! ¡Ay de ti si te pillo, hijo de tu madre! –grité persiguiendo al genio azul, después me dirigí a mis marineros- ¡Virad!, ¡virad!

Pero ya era tarde. Los enormes brazos del cefalópodo habían roto el timón y sus tentáculos habían quebrado tres de los palos. Salté al agua y nadé hasta cansarme. Logré asirme a un madero, que me arrastró lejos del naufragio, aunque aún podía ver el caso desaparecer en el mar.

Varias horas más tarde llegué a una playa que no pude reconocer, pero en la que vi a algunos compañeros de profesión, por lo que estaba a salvo. Sí, a salvo y sin barco, a salvo y sin tripulación ni dinero. Y aquí llegaba el culpable.

En el horizonte, solo yo pude ver ese diminuto punto celeste que flotaba por encima del mar y que venía hacia mí.

Estuve varios días vagabundeando, con muy poco para comer, durmiendo en la calle. Pero, lo peor era que no estaba solo, ¡no!, ese genio me seguía a todas partes. Desde que volvió a mi lado, no ha dejado de repetirme: “tendrías que haber actuado”, “¿por qué no lo has matado?”, “no te quejes, que cuando tenías que actuar y luchar contra el monstruo, te fuiste corriendo” y “la próxima vez no malgasto mi magia en ti”.

Pero lo peor fue cuando preguntó:

-¿Por qué no vas a navegar?

-¡Pero, ¿es que no te enteras?! –grité enfurecido- ¡Me has hundido el barco!

-Ves, lo que te decía: me estás echando la culpa –repuso con cara de inocente-. Pero, podrías conseguir otro barco, ¿no?

-¿Es que no te enteras, zopenco? ¡No tengo dinero!

-¡Bah!, esa repuesta no me vale –se acercó volando al puerto y yo fui tras él-. Yo puedo conseguirte un navío –cuando acabó de hablar, hizo otro gesto, tras el que una bonita fragata con franjas amarillas de veinte cañones emergió del agua.

-Vaya, quizás si que sirves para algo –pero para que no se lo creyera demasiado, le puse una pega-. Pero, no tengo tripulación.

-Por eso no te preocupes, eso ya lo tengo previsto –a continuación, un gran grupo de personas comenzó a subir a mi nuevo barco de tres palos. Andaban como hipnotizados, pero comenzaron a trabajar rápidamente al llegar a la cubierta.

Zarpamos en seguida y nos dirigimos a buscar aventuras. Al poco rato, avistamos un barco minúsculo. Pero, a pesar de que la presa era pequeña, fuimos al abordaje. Cuando ya estábamos preparados para saltar al otro navío, Dilan habló:

-No creo que esto sea suficiente para un pirata de verdad –decía mirando la chalupa a la que queríamos atacar-. Yo podría hacerlo digno de ti –me miró, interrogante y yo asentí con la cabeza, pues su magia me acababa de beneficiar.

Todos pudimos ver como el barco crecía hasta ser un enorme carguero. Felizmente, me dispuse a bombardearlo, pero era ahora demasiado rápido para nosotros, por lo que lancé una mirada de enfado al genio. ¡No! ¿Por qué le he dejado actuar de nuevo? Soy estúpido. No, ¿qué digo?, eso lo será él, que ya lo ha arruinado todo de nuevo. Teníamos una presa tan fácil… Y, aunque no tuvieran mucho de valor a bordo, me serviría para comprarme una bañera, que mucha magia, pero no hay ni una tina metálica para lavarme. ¡Vaya!, parece que el geniecillo azul ya se ha dado cuenta de su error:

-Lo admito, esta vez ha fallado, lo arreglaré –levantó las manos y esperé a que mi navío fuese más deprisa, pero lo único que cambió fue el barco enemigo, que disminuyó su velocidad-. ¡Ya está!, los he hecho más pesados.

Le sonreí para darle las gracias y luego volvía mirar al frente, donde me encontré de frente al estribor del barco que había perseguido. Pude ver todos sus cañones y…, espera, ¿cañones? Pero si no tenía, ¿qué ha pasado?

Mientras buscaba al genio, más de doscientas piezas de artillería apuntaron y, un segundo después de saltar al agua, comenzaron a agujerear mi fragata.

Cuando llegué de nuevo a la playa, el ser flotante me estaba esperando. Aún no había dejado de jadear y ya me estaba hablando:

-Bueno, esto ha sido una derrota, pero, ¡no te preocupes!, todos los piratas tienen fracasos a veces. De hecho, te contaré una anécdota que le sucedió a Barbanegra cuando…

No pudo terminar porque yo me abalancé sobre su fino cuello, pero no pude estrangularle, porque mis manos le atravesaron y golpee en la cara a un hombre que había detrás. Gracias a mis reflejos, me aparté veloz cuando trató de devolverme el tortazo, que en su lugar le dio a otra persona. En poco tiempo, la pelea se extendió, formando una batalla campal. Nos refugiamos dentro de un sombrío bar, donde los pocos clientes bebían ron. Para evitar la envidia que me producían sus largos tragos, me dirigí a las letrinas.

Con la escusa del pudor, dejé al genio esperando en la puerta y, tratando de no mirar los estropicios color marrón que había por toda la pared, entré. Una vez dentro y a solas, pude pensar con tranquilidad:

¡Rayos y truenos!, me ha hundido otra nave. Si ya lo decía yo… acabaré loco, ¡loco! Espera, debo calmarme, tranquilizarme y, sobre todo, ¡tengo que acabar con él como sea!, pero, ¿cómo? Piensa, piensa… ¡Oh, ya sé!, debo ir a hablar con Robert, tal vez me diga como se deshizo del bicho azulado.

 Me encaramé a la ventana y salí del repugnante baño por la estrecha apertura de la pared. Caminé a paso seguro hacia la taberna donde mi amigo solía estar. Nada más entrar, en una de las mesas redondas de madera pude ver a ese hombre que tan bien conocía. Cuando me senté con él, cambió su sonrisa por una expresión seria y me preguntó:

-¿Has abierto la botella, verdad? –asentí con la cabeza, mirando al suelo de madera carcomida- No te preocupes, yo te ayudaré –habló en voz baja, acercándose para que le escuchara mejor. Cualquier otro día hubiera sentido repugnancia por su negra barba piojosa, pero en ese momento estaba demasiado desesperado como para fijarme en esos detalles-. Lo único que tienes que hacer es cerrar la botella, búscala y tápala bien con este corcho –dijo tendiéndome uno, que me guardé en seguida en un bolsillo-. Después, tírala a mar.

-Gracias, muchas gracias –dije alejándome.

-No es nada, pero apresúrate, que no se dé cuenta, realmente es un ser muy poderoso.

Me fui corriendo de allí y salté en la primera barca que vi, desamarré el diminuto velero y partí en dirección a la isla, ignorando los gritos de: “ladrón, ladrón”, que se oían en el puerto.

Un buen rato después, por fin vi aparecer el islote, con su pequeño bosque y su volcán. Miré una última vez a mi alrededor por si aparecía Dilan y sujeté con una cuerda mi embarcación a una palmera. Nada más pisar la playa, corrí dándome golpes con todas las piedras que había en el camino. ¡Malditas rocas! Cuando llegué a donde había recogido la botella, me sangraban las piernas a causa de las zarzas y los pequeños cactos con los que me había arañado. ¡Estúpidas plantas! Sin darle más importancia a las heridas, me zambullí en el agua, justo donde recordaba haber tirado el objeto de cristal.

Bajo el agua no se veía nada porque se había levantado una nube de arena. Mar, ¿por qué me haces esto a mí, que tanto te he adorado? A mí que… ¡No!, nada de distracciones, ¡condenada mente!, ¿también tú me traicionas?

Casi al instante, la arena se disipó, dejándome ver ahí al fondo, una botella verde. Rápidamente la cogí y salí del agua, pudiendo respirar de nuevo. Logré subir de nuevo a la isla, donde saqué el corcho y, justo cuando iba a tapar el recipiente, vi una figura azul que volaba veloz hacia mí, pero yo fui más rápido y logré apretar el tapón antes de que me alcanzara.

Todo se había terminado.

comentario

Grace el 23 enero, 2019

nice