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Emma

Un cuento de amor y traición

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El bosque estaba tranquilo.


Un pájaro aleteó de un árbol a otro casi sin ruido. Su destino era un nido con pichones hambrientos. Los alimentó uno por uno y se acomodó junto a ellos.
Un gato salvaje de pelaje pardo caminaba entre los troncos. Su ronroneo era un presagio, la cola erizada, alerta.
Demasiado tranquilo.
De pronto, pasos. Impetuosos, rítmicos, pasos impacientes. 
Un grupo de aves pequeñas y negras salió volando de un arbusto. El gato salvaje vigilaba, mirada ambarina acechando.
En un recodo del camino que partía la arboleda en dos apareció un hombre. Su cabello era oscuro, y también lo eran sus ojos, dos brasas encendidas. Su complexión era robusta, y vestía un abrigo naranja y desgastado.
Miró a su alrededor, cerciorándose de que no hubiera nadie, al tiempo que se sentaba en la gruesa raíz de un roble centenario. Sacó dos cosas del bolsillo. La primera era un objeto con hoja metálica, que reflejaba la leve luz del ocaso. La segunda era un frasquito rojo oscuro, cuyo contenido frotó esmeradamente en el metal afilado.
Examinó el instrumento minuciosamente, y, satisfecho con el resultado, lo devolvió a su sobretodo, y esperó.
Algún tiempo después, un crujido rompió la quietud. 
Un joven rubio y delgado, de sonrisa contagiosa, emergió de detrás del gran árbol. Abrazó estrechamente al otro, mientras hablaba en una lengua abierta y vocal, acariciándole la cara con cariño. Éste solo cerraba los ojos y agachaba la cabeza, respondiendo sin decir mucho.
En determinado momento llegó el silencio. Continuaron así, abrazados, y cuando la luna se elevó en el cielo ya nocturno, el joven susurró algo y se abrazaron de nuevo. 
El destello pasó desapercibido. El morocho rozó su espalda casi con amor, antes de clavar con fuerza la daga en la carne blanda y desprevenida.
El rubio cayó de rodillas, desconcertado. No podía verla, pero la sentía; entre sus omóplatos se extendía una mancha oscura, envenenada, y el dolor lo atravesaba como un rayo. Intentó decir algo, pero una convulsión lo venció y su cuerpo dejó de sostenerlo. La sangre fresca humedeció la tierra y tiñó las hojas de un rojo enfermo.
Miró hacia arriba, hacia la persona que tanto había amado y que tanto lo había traicionado y en esos ojos vio una frialdad tan aguda que le dolió más que su carne desgarrada.
Con sus últimas fuerzas, aún conectado a esos ojos que alguna vez había mirado hasta el cansancio y con amor, sus labios partidos lograron pronunciar las sílabas de una antigua maldición, que se disolvieron en el aire como neblina. Después de eso, respiró por última vez.
El asesino miró sin palabras a ese cuerpo inerte que alguna vez había aprendido a amar. Extrajo el cuchillo goteante del cadáver y, volviéndose una vez más hacia atrás, se marchó por el camino, hacia la oscuridad.
Tanto horror vio el bosque y siguió creciendo.
Siempre tan tranquilo.  

 

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