El aula 17
Aquí tienes un cuento de unas 2000 palabras, con una voz narrativa sencilla y juvenil, como la de alguien de catorce años.
La puerta del aula 17
En mi instituto hay un aula que siempre está cerrada. Es el aula 17, al final del pasillo del segundo piso, justo al lado de las escaleras de emergencia. La puerta es gris, bastante fea, y tiene una pequeña ventana tapada por dentro con una cartulina negra. Nadie sabe muy bien para qué sirve.
Bueno, en realidad todo el mundo tiene una teoría.
Marcos dice que antes era un laboratorio y que lo cerraron porque un alumno mezcló dos productos químicos y provocó una explosión. Lucía asegura que allí guardan los exámenes antes de hacerlos, aunque eso no tiene mucho sentido porque cualquier profesor podría entrar. Y Dani, que ve demasiados vídeos de miedo, está convencido de que una profesora murió allí hace muchos años y que su fantasma sigue escribiendo cosas en la pizarra.
Yo nunca me había interesado demasiado por el aula 17. Bastantes problemas tenía ya con aprobar Matemáticas y evitar que mi madre descubriera que llevaba dos semanas sin ordenar mi habitación. Pero todo cambió un martes de noviembre.
Aquel día estaba lloviendo muchísimo. Las ventanas del instituto temblaban con el viento y el cielo estaba tan oscuro que parecía de noche, aunque solo eran las cinco de la tarde. Yo me había quedado después de clase porque tenía que terminar un trabajo de Tecnología con mi amigo Pablo.
El trabajo consistía en construir un puente con palitos de madera. En teoría parecía fácil, pero nuestro puente se inclinaba hacia un lado como si estuviera mareado.
—Esto no aguanta ni una goma de borrar —dije.
—Claro que aguanta —contestó Pablo, colocando otro palito—. Solo necesita refuerzos.
—Llevas diciendo eso una hora.
—Porque lleva una hora necesitando refuerzos.
Cuando terminamos, o más bien cuando nos rendimos, ya casi no quedaba nadie en el instituto. Guardamos el puente en un armario y salimos del aula. Los pasillos estaban vacíos y solo se escuchaba la lluvia golpeando los cristales.
Entonces se fue la luz.
Todo quedó completamente negro.
—Genial —dije—. Ahora moriremos aquí y mañana dirán que fue por culpa de nuestro puente.
Pablo encendió la linterna del móvil.
—No seas exagerado.
—No soy exagerado. Soy realista.
Empezamos a bajar las escaleras, pero al llegar al segundo piso escuchamos un ruido.
Era como un golpe seco.
Luego otro.
Venía del final del pasillo.
Exactamente del aula 17.
Pablo me miró.
—Seguro que es una ventana.
—Las ventanas no llaman a las puertas.
Volvió a sonar.
Tres golpes.
Toc. Toc. Toc.
Deberíamos haber seguido caminando. Cualquier persona inteligente habría bajado las escaleras y habría salido del instituto. Pero nosotros teníamos catorce años, que es una edad en la que uno toma decisiones bastante malas solo para no parecer cobarde delante de sus amigos.
Nos acercamos a la puerta.
—Mira por la ventana —susurró Pablo.
—Está tapada.
—Pues abre.
—¿Por qué yo?
—Porque has dicho que eres realista.
—Eso no significa que quiera morir primero.
Pablo probó el pomo. Para nuestra sorpresa, la puerta no estaba cerrada con llave.
Se abrió con un chirrido.
Dentro hacía frío. Mucho más frío que en el pasillo. El aula estaba llena de mesas viejas, cajas de cartón y sillas apiladas. En una pared había una pizarra verde cubierta de polvo. Parecía un almacén abandonado.
—¿Ves? —dijo Pablo—. No hay fantasmas.
En ese momento, la puerta se cerró detrás de nosotros.
Los dos gritamos.
Vale, él dice que solo grité yo, pero eso es mentira.
Pablo intentó abrir la puerta, pero el pomo no se movía.
—Se ha bloqueado —dijo.
—Perfecto. Nos quedaremos aquí hasta que alguien encuentre nuestros esqueletos.
—Cállate y ayúdame.
Mientras Pablo empujaba la puerta, yo iluminé el aula con mi móvil. Fue entonces cuando vi algo extraño sobre una de las mesas.
Era una caja metálica, pequeña y oxidada. Tenía una etiqueta escrita a mano:
“Objetos perdidos. Curso 1989-1990.”
—Pablo —dije—. Mira esto.
—Ahora mismo estoy intentando salvarnos.
—Hay una caja.
—Estupendo. Pregúntale a la caja cómo se abre la puerta.
No le hice caso. Levanté la tapa. Dentro había cosas normales: un llavero, unas gafas rotas, una cinta de casete, varias fotografías, una pulsera roja y un cuaderno azul.
Cogí el cuaderno.
En la portada estaba escrito un nombre: Elena Ruiz, 2.º B.
Al abrirlo, vi que era una especie de diario. Las primeras páginas hablaban de clases, profesores y compañeros. Elena se quejaba de los deberes, de su hermano pequeño y de una chica llamada Raquel que copiaba sus dibujos.
—Escucha esto —le dije a Pablo—: “Hoy don Ernesto me ha castigado por hablar. No era yo, era Sergio, pero como siempre me toca a mí”.
—Parece tu diario —contestó él.
Seguí pasando páginas hasta llegar a la última.
La letra cambiaba allí. Era más rápida, casi temblorosa.
“He vuelto a escuchar los golpes detrás de la pared del aula 17. Se lo he dicho al director, pero no me cree. Mañana vendré con Sergio para comprobarlo. Si encontramos algo, lo escribiré aquí.”
No había nada más.
—Eso sí que es raro —dijo Pablo, que había dejado de pelearse con la puerta.
—¿Y si Elena encontró algo?
—¿Y si solo era una niña inventándose historias?
Volvieron a sonar los tres golpes.
Esta vez no venían de la puerta.
Venían de la pared que estaba detrás de la pizarra.
Nos quedamos completamente quietos.
Toc. Toc. Toc.
—Eso no es una tubería —dije.
—No he dicho que lo fuera.
Nos acercamos a la pizarra. Era enorme y estaba sujeta a la pared con cuatro tornillos. Al iluminarla desde un lado, vimos que había una pequeña separación entre la pizarra y la pared.
—Ayúdame a moverla —dijo Pablo.
—¿Estás loco?
—Tú has abierto el diario.
—Leer no es lo mismo que desmontar una pared encantada.
Pero al final lo ayudé. Quitamos dos tornillos usando una moneda y una pieza metálica que encontramos en una caja. Los otros estaban flojos. La pizarra se inclinó hacia delante y cayó al suelo con un golpe enorme, levantando una nube de polvo.
Detrás había una puerta.
No una puerta normal, sino una muy estrecha, hecha de madera oscura. No tenía pomo. Solo una cerradura pequeña.
—Esto ya no me gusta nada —dijo Pablo.
—¿Antes sí?
En ese momento recordé la caja. Volví a mirar dentro y encontré una llave unida a un llavero de plástico en forma de estrella.
La llave encajaba perfectamente.
Abrimos la puerta.
Detrás había una escalera que bajaba.
Era imposible. Estábamos en el segundo piso. Si aquella escalera bajaba, tendría que terminar en el primer piso, pero la dirección estaba justo debajo y allí no había ninguna escalera secreta.
—No deberíamos bajar —dije.
—Por fin dices algo inteligente.
Entonces escuchamos una voz.
Muy débil.
—¿Hay alguien?
La voz venía de abajo.
Pablo y yo nos miramos.
—Puede ser una broma —dijo él.
—Una broma de alguien que lleva escondido desde 1989.
—O del conserje.
—El conserje tiene sesenta años y le duele la rodilla. No creo que se esconda detrás de una pizarra para asustar alumnos.
La voz volvió a escucharse.
—Por favor.
Bajamos.
La escalera era estrecha y olía a humedad. Las paredes estaban cubiertas de dibujos hechos con lápiz: caras, árboles, pájaros y figuras humanas sin ojos. Algunos parecían infantiles, pero otros eran muy detallados.
Tras bajar unos veinte escalones llegamos a una habitación circular.
En el centro había una mesa y, sobre ella, una lámpara encendida.
No entendíamos de dónde salía la electricidad, porque en el resto del instituto seguía sin haber luz.
Al otro lado de la habitación había una chica.
Parecía de nuestra edad. Llevaba una chaqueta vaquera, unos pantalones demasiado anchos y zapatillas blancas muy sucias. Tenía el pelo corto y sujetaba una cinta de casete en la mano.
—¿Sois alumnos? —preguntó.
—Sí —respondí—. ¿Quién eres?
La chica nos miró como si la pregunta fuera absurda.
—Elena.
Sentí un escalofrío.
—¿Elena Ruiz?
—Sí.
Pablo levantó el diario.
—Hemos encontrado esto.
Elena abrió mucho los ojos.
—¿Dónde?
—Arriba. En una caja de objetos perdidos.
Ella cogió el diario y empezó a pasar las páginas.
—Pero lo dejé esta mañana en mi mochila.
—¿Qué día crees que es? —preguntó Pablo.
—Diecisiete de noviembre de 1989.
Ninguno dijo nada durante unos segundos.
Elena empezó a ponerse nerviosa.
—¿Qué pasa?
Le enseñé mi móvil. En la pantalla aparecía la fecha.
17 de noviembre de 2025.
—Eso no puede ser —dijo.
—Para ti quizá han pasado unas horas —respondí—. Pero fuera han pasado treinta y seis años.
Elena se sentó en una silla. Parecía que iba a llorar, aunque intentaba disimularlo.
Nos contó que había bajado con su amigo Sergio para descubrir de dónde venían los golpes. Al llegar a la habitación circular, la puerta se cerró. Sergio desapareció cuando intentó subir las escaleras y ella se quedó atrapada. Según Elena, solo llevaba allí unas tres horas.
—¿Dónde está Sergio? —pregunté.
Ella señaló una puerta pequeña al fondo.
—Entró ahí. Lo llamé muchas veces, pero no contestó.
Sobre la puerta había una frase escrita:
“Solo sale quien recuerda el camino.”
—No entiendo —dijo Pablo.
En la mesa había una grabadora antigua. Elena metió la cinta y apretó el botón. Se oyó una voz distorsionada.
“Primera planta. Biblioteca. Segundo pasillo. Aula 17.”
Después sonaron tres golpes.
La cinta se detuvo.
—Es un recorrido —dije—. El camino hasta el aula.
—Pero está mal —contestó Elena—. En 1989 la biblioteca estaba en la tercera planta.
Pablo señaló la pared. Allí había un plano antiguo del instituto. La distribución era diferente a la actual.
Entonces lo entendimos.
—La habitación cambia según la persona que entra —dije—. Para salir, tenemos que recordar el camino correcto de cada época.
No sé exactamente por qué pensé eso. Tal vez porque había visto demasiadas películas. Pero en aquel momento tenía sentido.
En el suelo aparecieron tres líneas pintadas: una azul, una roja y una amarilla. Cada una conducía hasta la puerta del fondo.
—La azul será la de Elena —dijo Pablo—. Su diario es azul.
—La roja puede ser la de Sergio —añadí, recordando la pulsera de la caja.
—Entonces la amarilla es la nuestra.
Seguimos la línea amarilla. La puerta se abrió y aparecimos en una copia del instituto, pero completamente vacía. Las luces parpadeaban. En la pared había tres flechas.
—Tenemos que repetir el camino que hicimos —dijo Pablo.
Subimos unas escaleras, giramos a la derecha, cruzamos el pasillo de Ciencias y llegamos al aula de Tecnología. Allí estaba nuestro puente de palitos.
Sobre él había una nota:
“Algo debe quedarse para que algo pueda volver.”
—Tenemos que dejar un objeto —dije.
Pablo cogió el puente.
—Ni hablar. Hemos tardado dos semanas.
—Está torcido.
—Es nuestro.
Al final lo dejó sobre una mesa. En cuanto lo hizo, apareció otra puerta. La cruzamos y regresamos a la habitación circular.
Ahora la línea amarilla había desaparecido.
—Nosotros ya hemos recordado nuestro camino —dije—. Ahora falta Elena.
Seguimos la línea azul. El instituto volvió a cambiar. Las paredes tenían carteles antiguos, no había ordenadores y todo olía a tiza. Elena caminaba delante de nosotros, recordando.
—Entré por la puerta principal —dijo—. Subí hasta la tercera planta para buscar a Sergio en la biblioteca. Después bajamos juntos al aula 17.
Llegamos a una biblioteca llena de estanterías. En una mesa había una fotografía. Aparecían Elena y un chico alto con gafas.
—Es Sergio —dijo ella.
Detrás de la foto estaba escrita otra frase:
“No se puede recordar a quien se ha decidido olvidar.”
Elena empezó a llorar.
—Me enfadé con él antes de entrar —confesó—. Quería irse y yo le dije que era un cobarde. Cuando desapareció, pensé que me había abandonado.
—Quizá por eso no puedes encontrarlo —dijo Pablo—. Porque decidiste que te había dejado sola.
Elena cerró los ojos.
—No me abandonó. Intentó abrir la puerta para ayudarme.
En ese momento apareció el chico de la fotografía al final de la biblioteca.
—Elena —dijo.
Ella corrió hacia él.
Cuando los dos se abrazaron, todas las luces se apagaron.
Después escuchamos un ruido fortísimo, como si el edificio se partiera por la mitad.
Abrí los ojos y estaba tumbado en el pasillo del segundo piso. Pablo estaba a mi lado. La puerta del aula 17 seguía cerrada y la luz había vuelto.
El conserje corría hacia nosotros.
—¿Qué hacéis aquí? —gritó—. ¿Estáis bien?
Nos levantamos. Intentamos abrir el aula, pero estaba cerrada con llave.
—Dentro había una escalera —dije.
El conserje nos miró como si fuéramos idiotas.
—Eso es un almacén. Y lleva cerrado desde hace años.
Al día siguiente buscamos información sobre Elena y Sergio. En la biblioteca municipal encontramos una noticia antigua sobre dos estudiantes desaparecidos en noviembre de 1989. Nunca los habían encontrado.
Pero debajo había otra noticia publicada justo esa mañana.
Decía que dos personas habían aparecido de madrugada frente al instituto. Eran un hombre y una mujer de unos cincuenta años. Aseguraban llamarse Elena Ruiz y Sergio Martín, aunque parecían confundidos y no sabían explicar dónde habían estado durante treinta y seis años.
La fotografía mostraba a Elena sosteniendo un cuaderno azul.
Desde aquel día, el aula 17 continúa cerrada. La dirección dice que no hay nada extraño y que nosotros inventamos la historia para justificar que habíamos roto una pizarra vieja.
Nuestro profesor de Tecnología, además, nos suspendió el trabajo porque el puente desapareció.
Sin embargo, algunas tardes, cuando el instituto está vacío, todavía se escuchan tres golpes detrás de la puerta.
Toc. Toc. Toc.
Yo nunca he vuelto a acercarme.
Aunque la semana pasada apareció una caja metálica encima de mi mesa.
Dentro estaba nuestro puente.
Ya no estaba torcido.
Y debajo había una pulsera amarilla con una nota:
“Todavía falta un camino.”
Puedo adaptarlo a un género más realista, de terror, misterio, fantasía o aventura, manteniendo la voz de catorce años.
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