Sangre de tinta

Sangre de tinta

En esta ocasión, el viaje lleva a Mo, el encuadernador, y a su hija Meggie, al interior del libro con el que habían comenzado unos meses antes la gran aventura. El mundo de Dedo Polvoriento, lleno de la oscuridad de la Edad Media y peligroso, pero también fascinantemente extraño y mágico.

La vida parece que vuelve a ser apacible en la casa de tía Elinor y en su fascinante biblioteca, o con el regreso de Resa, o con Mo (Lengua de Brujo) de nuevo encuadernando y «sanando» libros enfermos… pero el peligro vuelve a acechar tras las páginas y en el jardín. Meggie, que ha heredado de su padre Lengua de Brujo el don de dar vida a los personajes de los libros cuando lee en voz alta, tampoco será abandonada por la magia en esta aventura... y un nuevo viaje dará comienzo. Meggie partirá hacia el Mundo de Tinta en compañía de Farid con la intención de prevenir a Dedo Polvoriento, pues el cruel Basta y la malvada Mortola no andan muy lejos… Además, por fin conocerá al Príncipe Orondo, a Cósimo el Guapo, al Príncipe Negro y a su oso y el Bosque Impenetrable. Y, cómo no, también le gustaría reencontrarse con las hadas azules, con los elfos de fuego y, como es natural, con Fenoglio, que quizá pueda devolverla al mundo real mediante la escritura. ¿O quizá no?

El corazón de Farid latió más deprisa, como siempre que el día lo dejaba a solas con la oscuridad. ¡Maldito Cabeza de Queso! ¿Dónde se habría metido? En los árboles enmudecían ya los pájaros, ahogados por la noche que se avecinaba, y las cercanas montañas se teñían de negro, quemadas por el sol poniente. Pronto el mundo estaría tan negro como ala de cuervo, incluso la hierba bajo los pies desnudos de Farid, y los espíritus susurrarían de nuevo. Farid sólo conocía un lugar en el que se sentía seguro ante ellos: detrás y muy pegado a Dedo Polvoriento, tan pegado que sentía su calor. Dedo Polvoriento no temía a la noche: es más la amaba.--¿Qué, ya estás oyéndolos otra vez? --preguntó a Farid cuando se le aproximó--. ¿Cuántas veces tendré que decírtelo? En este mundo no hay espíritus. Es una de las pocas ventajas que tiene. Estaba apoyado en una encina, escudriñando la calle solitaria. Más arriba un farol iluminaba el asfalto resquebrajado allí donde las casas, apenas una docena y muy juntas, se acurrucaban ante las oscuras montañas como si temieran a la noche tanto como Farid. Cabeza de Queso vivía en la primera casa de la calle. Detrás de una de las ventanas se veía luz. Dedo Polvoriento llevaba más de una hora sin perderla de vista. Farid había intentado muchas veces mantener la misma inmovilidad, pero sus miembros simplemente se negaban a permanecer tanto tiempo sin moverse.--¡Voy a comprobar dónde está!--¡No lo harás! --el rostro de Dedo Polvoriento permaneció inexpresivo como siempre, pero su voz le delató. Farid percibió la impaciencia... y la esperanza que sencillamente se negaba a morir, a pesar de la frecuencia con que había sido frustrada--. ¿Estás seguro de que dijo "viernes"?--Sí. Y hoy es viernes, Dedo Polvoriento se limitó a asentir y se apartó de la cara sus cabellos, largos hasta los hombros. Farid había intentado dejar crecer los suyos, pero se le rizaban y encrespaban, rebeldes, y acabó cortándoselos al rape con el cuchillo.--El viernes, más abajo del pueblo, a las cuatro, ésas fueron sus palabras, ¡mientras su chucho me gruñía como si sólo un chico moreno pudiera saciar su apetito! --el viento penetró por debajo del fino jersey de Farid, que se frotó los brazos, tiritando. Un buen fuego caliente, eso es justo lo que le gustaría ahora, pero con ese aire Dedo Polvoriento no le permitiría encender ni una cerilla. Las cuatro... Farid alzó los ojos hacia el cielo mascullando una maldición en voz baja. No necesitaba reloj para saber que era mucho más tarde--. Insisto, ese majadero engreído nos está haciendo esperar a propósito.La fina boca de Dedo Polvoriento esbozó una sonrisa. A Farid cada día le costaba menos hacerle sonreír. A lo mejor por eso había prometido llevárselo consigo si Cabeza de Queso lo devolvía a su mundo. A un mundo creado con papel, tinta de imprenta y las palabras de un anciano. "¡Bah!", pensó Farid. "¿Por qué iba a conseguir precisamente ese tal Orfeo lo que no habían logrado los demás? Muchos lo habían intentado... el Tartaja, el Mirada de Oro, el Lengua Mentirosa... Unos estafadores que les habían robado su dinero..."Detrás de la ventana de Orfeo se apagó la luz y Dedo Polvoriento se enderezó bruscamente. Una puerta se cerró de golpe y en la oscuridad resonaron unos pasos presurosos e irregulares. Después a la luz de la farola solitaria apareció Orfeo, Cabeza de Queso, como lo había bautizado en secreto Farid, debido a su piel pálida y a que sudaba al sol igual que un trozo de queso. Descendía sin aliento por la empinada calle, con su perro infernal en pos de sí, feo como una hiena. Cuando Dedo Polvoriento lo descubrió al borde de la carretera, se detuvo y le saludó con una amplia sonrisa.Farid agarró por el brazo a Dedo Polvoriento.--Fíjate en su estúpida sonrisa. ¡Es más falsa que el oropel! --le susurró--. ¿Cómo puedes fiarte de él?--¿Quién dice que me fío? ¿Qué diablos te pasa? Te noto muy inquieto. ¿Prefieres quedarte aquí? Automóviles, imágenes en movimiento, música enlatada, luz que ahuyenta la noche --Dedo Polvoriento saltó por encima del muro que le llegaba a la rodilla y que bordeaba la carretera--. A ti te gusta todo eso. Donde yo deseo ir te aburrirás. ¿Pero qué estaba diciendo? Sabía de sobra que Farid sólo ansiaba una cosa: permanecer a su lado. Se disponía a contestarle enfadado, pero un chasquido duro, parecido al de unas botas pisando una rama, le obligó a volverse, sobresaltado. También Dedo Polvoriento lo había oído y, tras detenerse, escuchaba. Sin embargo, entre los árboles no se distinguía nada: las ramas se movían al viento, y una mariposa nocturna, pálida como un espectro, revoloteó ante la cara de Farid.--¡Perdonad! ¡Se ha hecho algo tarde! --les gritó Orfeo. Farid aún no acertaba a comprender que semejante voz pudiera brotar de esa boca. Habían oído hablar de esa voz en algunos pueblos, y Dedo Polvoriento había emprendido inmediatamente la búsqueda, pero no habían encontrado a Orfeo hasta justo una semana antes, leyendo cuentos a unos niños en una biblioteca, ninguno de los cuales reparó en el enano que de improviso salió a hurtadillas por detrás de uno de los estantes abarrotados de libros, ajados por el uso. Pero Dedo Polvoriento sí lo había visto y esperó. Cuando Orfeo se disponía a montar de nuevo en su coche, le enseñó el libro que Farid había maldecido más que a cualquier otro objeto.--¡Oh, sí, lo conozco! --había musitado Orfeo--. Y a ti... --había añadido casi con devoción, escrutando a Dedo Polvoriento como si quisiera quitarle a fuerza de mirarlas las cicatrices de sus mejillas--, a ti también te conozco. Tú eres lo mejor de él. ¡Dedo Polvoriento! ¡El Bailarín del Fuego! ¿Quién ha leído para traerte a la más triste de todas las historias? ¡No digas nada! ¿Ansias regresar, verdad? Pero no encuentras la puerta, la puerta entre las letras. No importa. Yo puedo construirte una nueva, con palabras hechas a la medida. Por un precio de amigo... si eres realmente quien yo creo. ¡Precio de amigo! Y un cuerno. Tras haberle prometido que le entregarían casi todo su dinero, encima lo habían esperado durante horas en ese pueblo dejado de la mano de Dios, en aquella noche ventosa que olía a espíritus.

Y aquí está: la segunda parte de Corazón de Tinta. Esta historia crece y crece, al igual que la historia acerca de la que habla. En esta ocasión, el viaje va al interior del libro del que tanto se habla en Corazón de Tinta, en el mundo de las letras que Fenoglio imaginó y en el cual él mismo desaparece hacia el final de la historia. Lo siguen varios personajes, unos, voluntariamente, otros, no. Como en el caso de la primera parte, solo me queda desear que leerla os suponga la misma aventura que lo fue para mí el escribirla.

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