Roxana y el muchacho

Escrito por Susanna

Roxana y el muchacho que escuchaba al fuego

Roxana nunca había creído del todo en los cuentos.

No porque no le gustaran. Le gustaban muchísimo. Tenía libros debajo de la cama, en la mochila, en el alféizar de la ventana y hasta en el cajón donde su madre pensaba que guardaba calcetines. Pero una cosa era leer historias sobre bosques encantados, ladrones nobles y criaturas hechas de sombra, y otra muy distinta era pensar que esas cosas podían existir de verdad.

Hasta aquella tarde.

Había llovido durante horas, y el pueblo olía a piedra mojada y humo de chimenea. Roxana volvía del instituto con la capucha puesta y los zapatos empapados, maldiciendo en silencio el examen de matemáticas, a su profesora de matemáticas y, sobre todo, a las ecuaciones de segundo grado, que le parecían una forma especialmente cruel de magia negra.

Entonces vio al hombre.

Estaba sentado en el muro del viejo molino, como si llevara allí siglos. Tenía el pelo oscuro, una capa gastada y unas manos largas que no paraban de moverse, aunque no hubiera nada entre sus dedos. Roxana pensó primero que era un actor de teatro callejero o alguien que venía de una fiesta medieval. Pero luego vio la cicatriz en su rostro y, sobre todo, vio la llama.

Una llama diminuta bailaba sobre su palma abierta.

No quemaba la piel. No la hería. Se inclinaba hacia él como un animal obediente.

Roxana se quedó parada.

—Eso… no es normal —dijo, porque a veces decía cosas obvias cuando estaba nerviosa.

El hombre levantó la vista. Sus ojos eran tristes, pero no débiles. Eran ojos de alguien que había visto demasiadas cosas y aun así seguía mirando.

—Tampoco tú pareces muy normal —respondió.

Roxana frunció el ceño.

—Perdona, ¿eso es un insulto?

—Todavía no lo he decidido.

La llama se apagó con un chasquido. Roxana dio un paso atrás.

—¿Quién eres?

El hombre sonrió un poco, como si esa pregunta le cansara.

—Me han llamado muchas cosas. Pero puedes llamarme Dedo Polvoriento.

Roxana sintió que se le helaba la espalda, y no por la lluvia.

Conocía ese nombre.

Lo había leído.

Lo había leído muchas veces.

—Eso no puede ser —susurró.

—La mayoría de las cosas que ocurren no pueden ser hasta que ocurren —dijo él.

Roxana tragó saliva. Miró alrededor. Nadie más parecía verlo. Un coche pasó por la carretera y levantó agua sucia. Una señora cruzó con bolsas de la compra. El mundo seguía siendo normal, insultantemente normal.

—Tú eres de un libro —dijo Roxana.

—Y tú eres de este mundo —contestó Dedo Polvoriento—. Créeme, ninguno de los dos ha elegido bien.

Roxana debería haberse ido. Cualquier persona inteligente se habría ido. Pero ella tenía quince años, estaba enfadada con las matemáticas y acababa de encontrar a un personaje imposible sentado junto al molino. Así que hizo lo único razonable:

—¿Quieres venir a mi casa?

Dedo Polvoriento la miró como si acabara de ofrecerle entrar en una jaula.

—No.

—Tengo pan.

—No.

—Y queso.

La llama volvió a aparecer, pequeña y dorada.

—¿Qué clase de queso?

Así fue como Roxana llevó a Dedo Polvoriento a casa.

Su madre no estaba. Trabajaba en la biblioteca municipal hasta las ocho, lo que a Roxana siempre le había parecido una bendición y una tragedia. Una bendición porque podía merendar sin que nadie la juzgara. Una tragedia porque a veces la casa era demasiado silenciosa.

Dedo Polvoriento entró sin tocar nada. Miraba las lámparas, los enchufes, el microondas, como si todos fueran monstruos dormidos.

—No metas fuego ahí —advirtió Roxana, señalando el aparato.

—No pienso tocar esa caja blanca.

—Bien. Porque explotaría, probablemente.

—Me cae mal.

—A mí también.

Se sentaron en la cocina. Roxana cortó pan y queso. Él comió despacio, como si no confiara del todo en la comida de este mundo.

—¿Cómo has llegado aquí? —preguntó ella.

Dedo Polvoriento no respondió enseguida. Se limpió los dedos en la capa.

—Alguien leyó.

—¿Quién?

—Alguien que no sabía lo que hacía.

—Eso es muy típico de la gente.

Él soltó una risa breve.

—Sí.

Roxana apoyó los codos en la mesa.

—Pero si has salido del libro… ¿quieres volver?

La pregunta cayó entre los dos como una piedra.

Dedo Polvoriento miró hacia la ventana. Afuera la lluvia se había convertido en una niebla fina.

—Siempre quiero volver —dijo.

Roxana sintió una punzada rara. Ella también quería volver a muchos sitios, aunque no existieran: a veranos que ya habían acabado, a conversaciones que no había sabido tener, a momentos en los que su padre todavía llamaba los domingos y no cada tres meses.

—¿Y no sabes cómo?

—No sin una voz adecuada.

—Una Lengua de Brujo.

—Sí.

Roxana se quedó pensativa.

—Mi madre lee muy bien.

Él la miró.

—Leer bien no basta.

—No. Pero lee como si creyera que las palabras tienen huesos.

Dedo Polvoriento no dijo nada. Roxana tampoco. Por alguna razón, se había puesto nerviosa. No era lo mismo hablar de libros que ofrecer la voz de tu madre para abrir una grieta entre mundos.

Entonces se oyó un ruido arriba.

Un golpe.

Roxana se levantó tan rápido que tiró la silla.

—¿Qué ha sido eso?

Dedo Polvoriento ya estaba de pie. La llama de su mano había crecido, azul en el centro.

—¿Vives sola?

—Con mi madre. Pero no ha vuelto.

Otro golpe. Esta vez más claro. Venía de su habitación.

Roxana sintió que todo el valor se le caía a los pies.

—Mis libros están arriba —dijo.

Dedo Polvoriento la miró con seriedad.

—Entonces quizá no estamos solos.

Subieron despacio. La casa parecía distinta, como si los pasillos se hubieran alargado. Roxana pensó en todas las veces que había deseado que le pasara algo extraordinario. Ahora se dio cuenta de que la gente que desea aventuras suele olvidar una parte importante: las aventuras dan miedo.

La puerta de su habitación estaba entreabierta.

Dentro, algo se movía.

Dedo Polvoriento la empujó con el pie.

Sobre la alfombra había un animal pequeño, negro y plateado, parecido a una marta, pero con ojos demasiado inteligentes. Tenía entre los dientes una página arrancada.

—¡Eh! —gritó Roxana—. ¡Eso es mío!

El animal saltó sobre la cama y luego al escritorio. Dedo Polvoriento hizo un gesto con la mano, y una línea de fuego apareció delante de la ventana. La criatura chilló y dejó caer el papel.

—Gwin —dijo él, con una mezcla de sorpresa y cansancio.

—¿Gwin? —Roxana miró al animal—. ¿Tu marta con cuernos?

—No tiene cuernos ahora.

—¿Y por qué está en mi habitación comiéndose mis libros?

Dedo Polvoriento recogió la página. Su rostro cambió.

—No estaba comiéndosela.

—¿Entonces?

—La estaba escondiendo.

Roxana se acercó. La página pertenecía a una edición vieja de Corazón de tinta que había comprado en un mercadillo. No era una página cualquiera. Tenía palabras subrayadas con tinta roja, palabras que ella no recordaba haber marcado.

Dedo Polvoriento leyó en voz baja.

—“Cuando el fuego no encuentre camino, buscará una boca joven.”

Roxana se quedó helada.

—Eso no estaba ahí.

—Ahora sí.

—Odio cuando los libros hacen cosas sin pedir permiso.

Gwin se subió al hombro de Dedo Polvoriento y le mordisqueó la oreja, como si quisiera decirle algo.

—No soy una Lengua de Brujo —dijo Roxana rápidamente—. Leo en voz alta fatal. Me trabo, salto líneas y hago voces ridículas.

—Las voces ridículas a veces abren puertas —respondió él.

—Eso no tranquiliza.

De pronto, el libro sobre el escritorio empezó a temblar. Las páginas se pasaban solas, cada vez más deprisa. De ellas salió un olor a bosque húmedo, a ceniza y a metal. La habitación se oscureció, aunque la lámpara seguía encendida.

Roxana dio un paso atrás.

—Dime que eso es normal en tu mundo.

—En mi mundo, lo normal suele querer matarte.

Del libro empezó a salir una sombra.

No era una persona. No del todo. Parecía hecha de letras quemadas, como si alguien hubiera escrito una figura humana y luego la hubiera acercado demasiado al fuego. Tenía brazos largos, dedos afilados y un hueco donde debería estar la cara.

Roxana quiso gritar, pero no le salió sonido.

Dedo Polvoriento lanzó una llamarada. La sombra retrocedió, pero no desapareció. Las letras de su cuerpo se reorganizaron, formando palabras incompletas: volver, robar, abrir.

—Busca una salida —dijo él.

—¿La puerta?

—No. Del libro.

—¡Ah, claro! ¡La salida literaria! ¡Cómo no se me ocurrió!

La sombra avanzó.

Roxana vio entonces que no iba hacia Dedo Polvoriento. Iba hacia ella.

—¿Por qué me mira si no tiene cara?

—Porque quiere tu voz.

—Mi voz no le sirve ni al coro del instituto.

Dedo Polvoriento la empujó hacia el escritorio.

—Lee.

—¿Qué?

—La página.

—¡No sé qué pasará!

—Yo tampoco.

—¡Eso no ayuda!

La sombra levantó un brazo. Las letras de sus dedos se soltaron como insectos negros y volaron hacia Roxana. Ella agarró la página con manos temblorosas.

Las palabras parecían moverse.

“Cuando el fuego no encuentre camino…”

—No puedo —dijo.

Dedo Polvoriento se colocó entre ella y la sombra. El fuego le rodeó los brazos.

—Sí puedes.

—No me conoces.

—Conozco el miedo. Y tú estás asustada, pero no has huido.

Roxana quiso responder algo sarcástico, pero no pudo. Porque era verdad. No había huido. No sabía si por valentía, estupidez o porque sus piernas habían decidido no obedecer.

Respiró.

Leyó.

Al principio su voz salió pequeña.

—Cuando el fuego no encuentre camino, buscará una boca joven…

La sombra se detuvo.

Roxana siguió. Las palabras aparecían a medida que las pronunciaba.

—Y si esa boca no miente, si no pide gloria ni recompensa, si llama al mundo por su nombre verdadero…

El libro se abrió de golpe. Un viento brutal llenó la habitación. Los pósteres se despegaron de la pared. Los cuadernos volaron. Gwin chilló.

—¡Más alto! —gritó Dedo Polvoriento.

Roxana leyó con toda la voz que tenía:

—…entonces la tinta recordará su origen, y la puerta se abrirá no para quien roba historias, sino para quien desea regresar.

La sombra lanzó un grito sin boca. El fuego de Dedo Polvoriento se volvió blanco. El libro brilló.

Y durante un segundo, Roxana vio otro mundo.

Vio árboles enormes. Vio torres oscuras. Vio un cielo lleno de humo dorado. Vio caminos de tierra, hombres con espadas, mujeres con vestidos gastados, niños corriendo junto a carros. Vio un lugar terrible y hermoso. Un lugar que olía a peligro y a pan recién hecho.

El Mundo de Tinta.

Dedo Polvoriento se volvió hacia ella.

Por primera vez, no parecía cansado.

—Roxana —dijo—. Gracias.

Ella quiso decir muchas cosas. Que no se fuera. Que la llevara con él. Que le enseñara a hablar con el fuego. Que le explicara por qué los mundos reales a veces eran más tristes que los inventados.

Pero solo dijo:

—¿Vas a estar bien?

Él sonrió.

—Nunca del todo.

—Eso tampoco tranquiliza.

—Pero es sincero.

Gwin saltó del hombro de Dedo Polvoriento a la cama, luego volvió a él, como si también se despidiera de aquella habitación absurda llena de libros, ropa tirada y deberes sin hacer.

La puerta del libro empezó a cerrarse.

—Espera —dijo Roxana.

Dedo Polvoriento la miró.

—¿Qué?

Ella agarró un bolígrafo del escritorio y escribió algo en el margen de la página. No sabía si era una locura, pero todo aquella tarde era una locura.

Escribió:

“Roxana estuvo aquí.”

Luego le tendió la página.

—Para que no se olvide.

Dedo Polvoriento la tomó con cuidado.

—Los libros no olvidan. A veces somos nosotros los que no sabemos leer lo que recuerdan.

Y desapareció.

El libro cayó al suelo.

La habitación quedó en silencio.

Roxana se quedó de pie, con el corazón golpeándole tan fuerte que le dolía. Todo estaba desordenado: papeles por el suelo, la lámpara torcida, una quemadura pequeña en la alfombra. Pero la sombra había desaparecido. La lluvia también.

Cuando su madre llegó, encontró a Roxana sentada en la cama, mirando el libro cerrado.

—¿Ha pasado algo? —preguntó.

Roxana pensó en decir la verdad. Luego pensó que la verdad era demasiado grande para decirla de golpe.

—He suspendido matemáticas casi seguro —contestó.

Su madre suspiró.

—Eso tiene solución.

Roxana miró el libro.

—Creo que sí.

Esa noche no pudo dormir. Abrió el volumen una y otra vez, buscando la página. Pero no estaba. Había desaparecido. En su lugar, entre dos capítulos, encontró una marca de ceniza con forma de mano.

Y debajo, escrito con una letra que no era la suya, había una frase:

“Las bocas jóvenes también pueden abrir caminos.”

Roxana sonrió.

Al día siguiente, en clase de matemáticas, la profesora escribió una ecuación larguísima en la pizarra. Roxana la miró con menos miedo que de costumbre. Después de todo, si había leído una puerta entre mundos sin morirse, quizá las ecuaciones tampoco eran invencibles.

Sacó el cuaderno.

En la última página, donde nadie miraba, escribió:

“Primera regla de las aventuras: no empiezan cuando quieres, sino cuando el libro decide.”

Y, por primera vez en mucho tiempo, tuvo la sensación de que su vida no era pequeña. Solo estaba esperando la frase adecuada.

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