Sheila Hall Artista y asistente de coordinación

Sheila nació en Cartagena de Indias, Colombia, y sigue viviendo ahí. Cartagena es una ciudad colonial en la costa caribeña. El padre de Sheila es estadounidense, su madre es colombiana. Así que creció con dos nacionalidades, culturas e idiomas diferentes. Sheila trabaja como asistente de coordinación de proyectos para las ediciónes latinoamericanas del Festival Hay internacional, un festival literario que ofrece un escenario para jóvenes escritores.

¿Qué te ha traído al mundo del arte?

Crecí en la casa de un artista. Mi padre es pintor y mi madre fue bailarina durante muchos años. Me crié rodeada de libros de historia del arte, pinturas al óleo, lienzos y ropas de teatro. Así que el arte está profundamente arraigado en mí.

¿Cómo te ha surgido la posibilidad de participar en una estadía artística con Cornelia?

Conocí a Cornelia en un festival literario en Montreal, Canadá. ¡Estaba tan emocionada! Cuando era más joven había leído sus libros. Le pregunté si firmaría mi ejemplar de El Jinete del dragón y fui a uno de sus recitales de lectura. Después del evento y tras esperar a que todos los niños hubieran abandonado la sala, fui a verla y le pedí el autógrafo. Charlamos un poco y le conté que trabajo para un festival literario, el Hay Festival en América Latina, y ella me habló de su Fundación Rim of Heaven. Así es como empezó todo

¿Cómo ha sido tu estadía en la granja? ¿Has encontrado inspiración?

Me encantó. No creo que pueda encontrar las palabras justas para describir lo mágico que es estar allí. Todo fluye y encaja y encaja, de algún modo. Simplemente encaja allí. Sí, realmente encontré mi inspiración. Tanto para escribir, como para dibujar. Cuando era niña, dibujaba todos los días. En algún momento dejé de hacerlo. Por la escuela o yo qué sé. En la granja de Cornelia, sus lápices y pinturas cayeron en mis manos y comencé a dibujar y pintar nuevamente después de tantos años. Había olvidado lo especial que es, pero fue maravilloso ver que mis manos aún recordaban exactamente cómo iba esto de pintar.

¿Qué te has llevado para casa de esa experiencia?

Mi tiempo en Malibú fue una confirmación de nuestro derecho, como seres humanos, a la belleza. Saber que crear y observar cosas y momentos bellos es algo grandioso en nuestras vidas. Creo que la granja me ayudó a reabrir puertas y lugares dentro de mí que habían estado oscuros y desiertos durante mucho tiempo. Muchas cosas se removieron durante mi estancia en la granja. De allí me traje a casa nuevas historias, proyectos e ideas en las que ahora quiero trabajar.